por Dean Moriarty » Jue 03 Mar 2011, 16:22 pm
TEATRO, Pepe Beltrán
Aunque el debate en el foro de las peñas parece ceñirse a la valÃa de sus compañeros de bandera y bufanda como periodistas, yo me quedo con lo sustancial, con el éxito que supone sacar de su madriguera al consejero delegado del Castellón, conocido como es que venÃa rechazando multitud de solicitudes de entrevista de los profesionales de la cosa. Llegado ese punto, que nadie se llame a engaño, Antonio Blasco dijo lo que querÃa decir, sin salirse del guión. Fue un actor clásico a más no poder, sin alharacas pero efectivo.
Por eso, con independencia de poner fecha –verbal, ¡ojo!– a una junta general de accionistas convocada fuera de plazo o en cuantificar la obligada ampliación de capital que evite el concurso de acreedores, la noticia radicaba más en lo que dejó de decir Blasco, en lo que no quiso que se supiera.
Quede claro, pues, que el ejercicio de trasparencia no fue tal, pero nunca por culpa de los entrevistadores, sino por aquél que se limitó a decir obviedades, verbigracia queremos pagar a los jugadores –¡faltarÃa más!–, a nosotros también nos deben mucho dinero –¡pues al juzgado con ellos!– y queremos subir –¿quién no?–; sólo le faltó recordarnos de qué color era el caballo blanco de Santiago. En un largo monólogo, el consejero delegado pasó de puntillas por la incumplida salida de Osuna de la planificación deportiva y el retraso en la remodelación del consejo de administración que afecta al presidente y que viene prometiendo desde el mismo dÃa del descenso. Plantear ahora el relevo presidencial, con Laparra convaleciente de su segundo infarto, suena más a necesidad que a virtud. Su única apuesta, la de contar con Miguel Sanz, tan sólo ha servido para cubrir el ego de éste, que si de verdad hubiera tenido vergüenza ya tendrÃa que haberse vuelto a casa después de saberse utilizado como moneda de cambio ante la ausencia de relevos de calado, pero Sanz también ha gustado de interpretar ese papel.
Tampoco entró al trapo Blasco sobre las conversaciones mantenidas con Jesús Jiménez desde el verano. Ambos han hecho de la ambigüedad su estrategia, y ojalá confluyan en beneficio del Castellón, que es lo que a mà me preocupa, a riesgo de que me tachen de vivir en el limbo por reprochar, como hace el ayuntamiento, su indefinición. AsÃ, Blasco volvió a dejarnos en la alpabarda: igual podemos venderle las acciones que incorporarlo al consejo (dixit). Jiménez, seguramente mejor asesorado por otros que por quien esto escribe, volverá a dejar pasar el tiempo en espera de una aclamación popular. Y eso no me vale. Si ha habido una oferta, que se sepa y que se conteste para que los aficionados, accionistas o no, sepamos a quién exigir responsabilidades si todo acaba en tragedia griega. El Castellón necesita que unos y otros se quiten ya la careta y la comparecencia de Blasco no resolvió el enigma.
Más protagonismo que sentimiento.
Llegado el extremo, con todo igual y una semana menos de tiempo, no pierde fuelle mi solución de una ampliación de capital, pero no la de Blasco, mero parche de tesorerÃa para acabar la temporada con los mismos gestores y a la espera de que lleguen ofertas por el club, cuando el órdago que yo propongo es que se vayan ya todos.
Mi única esperanza radica en ver crecer esa inquietud, esa unión de todos aquellos que sienten como propio el Castellón por encima de las acciones que controlan, y a quienes a lo mejor un dÃa habrá que apelar para volvernos a levantar si la historia se estrella de bruces contra un triste punto y final. Pero también aquà encuentro actores baratos, un protagonismo innecesario de quienes se arrogan una representatividad que no tienen, un carisma del que carecen. En eso sà fue claro Blasco al revelar quién asumió con gusto y sin ser llamado para ello el papel de su interlocutor. Sibilina forma de intentar romper nuestro sentimiento en dos.